MAÑANA, QUIZÁ.

No sigas. No te acerques a mí como quien va en busca del tesoro. No esperes encontrar paz aquí. No te llenes la cabeza de ideas absurdas. No pienses que me voy a enganchar, que me voy a volver loca por ti, que me voy a enamorar perdidamente.

Yo ya endiosé a quienes eran simples mortales y también mortíferos, ya me quité durante un tiempo la vida y las ganas, ya me dejé ganar incluso cuando había tanta fuerza en mí, ya me forcé a girar la cabeza hacia arriba para mirar a personas que coloqué en pedestales.

Así que, por favor, no me idealices. Bájame de las alturas. Te lo ruego y te lo recomiendo. Es por tu bien. Porque si me dejas ahí, en esa vitrina a la que has dado lustre, en esos castillos en el aire que construyes, se te caerá el mito, se nos romperán todos los cristales y la sangre volverá a mancharlo todo.

Tras lamerme las heridas, conozco demasiado bien ese sabor a óxido. Es muy desagradable, te lo aseguro. Es lo único que puedo asegurarte. Por lo demás, tampoco pretendas hallar seguridad en mí: que te diga que te quiero como quien pronuncia un juramento, que te abrace sin temblar, que te mire sin mareos.

Porque el mundo es así y vengo herida, como diría el poeta. Porque mi mente es un campo de batalla. Porque mi cuerpo es un mapa de cicatrices. Porque mantengo mis latidos al ralentí, no vaya a ser que aceleré tanto que me acabe chocando otra vez contra la misma pared. El mismo accidente. La misma muerte.

Estoy cansada, cariño, lo siento. Me fallan las piernas de tanto correr en sentido contrario a mis recuerdos. Me fascinan las curvas y las lejanías, lo desconocido y lo imposible. Me faltan principios cuando se trata del amor, solamente consigo ver el fin.

Soy amante de mi tierra, de mi gente, de los libros bien escritos y las canciones bien hechas, y poco más. Pero tú y yo jamás estaremos a la altura de una obra de arte, ni alargaremos con palabras rebuscadas un relato corto, ni añadiremos más ruido a una voz condenada al silencio, ni salvaremos con nuestro calor un amor de verano.

Me apetece sudarte, a ti y a tantos otros… No quiero atarme, ahora más que nunca necesito soltar. Eres libre de venir y de irte, pero no sueñes con quedarte eternamente. La eternidad solo existe en falsas escrituras. El siempre es una mentira.

Me gustas para pasar un rato, para pasarlo bien, para pasarnos de la raya y rayar en lo absurdo, en lo que nadie comprende, en lo que nadie comparte. Pero no te pases. No te pilles por mí. No te pierdas en mí. No te perpetúes.

Sé que tienes ganas de quedarte, que traes las manos llenas de caricias, la boca llena de besos, la mente llena de romances en los que soy tu protagonista. No entiendes que cuanto más te acercas, más quiero alejarme. Porque si me invaden, me refugio en mi espacio personal. Si me agobian, abandono. Y si algo dura demasiado, me aburro y me voy.

Quiero estar contigo hoy. Mañana, quizá. No sé si eso te basta. Si te resulta suficiente mi andar incierto por la vida. Si no es así, te pido perdón por no ser la bella flor que imaginaste. Te pido que te marches hacia nuevos jardines.

pensando

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