SUR DE FRANCIA 2018-2019

Antes, solía llevarme un pequeño cuaderno a cada viaje y anotar cada noche las experiencias diarias. Todavía conservo algunos a buen recaudo entre los libros de la estantería, y de vez en cuando me alegra releerlos y recordar aquellos instantes.  Es una vieja costumbre que me gustaría retomar. Así que trataré de escribir una entrada a modo de breve diario de viajes; e ir relatando, asimismo, mis futuras escapadas.

Como ya he escrito en más de una ocasión, tengo alma nómada y la maniática necesidad de escapar. De lo cotidiano, del ajetreo de la capital o de la calma isleña. Así que, entre el pasado diciembre y el presente enero, hice las maletas y me marché con mi familia rumbo al sur de Francia.

Concretamente, visitamos Toulouse, Albi, Montpellier, Palavas-les-Flots, y Marsella.

Toulouse fue algo decepcionante, quizá porque iba con grandes expectativas. Creo que también influyó el frío invernal que animaba a quedarse en casa, la ausencia de vida en las calles, o que se nos hicieran eternos los cinco días que planeamos pasar allí (en mi opinión, con un fin de semana basta para verla).

De hecho, en apenas un par de mañanas, ya la habíamos recorrido de punta a punta, así que decidimos darnos un salto a Albi, una población que queda a apenas una hora en tren. Es la localidad natal del pintor Toulouse-Lautrec, al cual han dedicado un museo en el Palacio de la Berbie, antigua residencia episcopal.

Albi es chiquitita pero llamativa. Al menos a mí me lo pareció, aunque puede que fuera por las ganas de salir de la urbe. De hecho, contrasta bastante con el entorno urbano: es rural, con casitas de madera, ladrillo y teja que me recordaron a los antiguos graneros. Se erige en su centro, majestuosa, la catedral, y tras ella se llega al agradable paseo del río, rodeado de bambú.

El museo no me resultó remarcable. La planta baja consistía en obras centradas en el artista, pero no creadas por él; la intermedia mostraba sus obras más conocidas, como los carteles del Moulin Rouge; y además había un tercer piso de arte contemporáneo que sinceramente no me transmitió nada en concreto. Sí merece la pena asomarse desde allí hacia el otro lado del río. La vista desde el mirador del palacio es espectacular, con un jardín laberíntico debajo y otro laberinto de casas más allá de las aguas mansas del Tarn.

Como anécdota, cabe mencionar nuestra odisea a la hora de comer. El cuerpo, helado, nos pedía una sopa de cebolla humeante, uno de mis platos franceses preferidos (aunque bien es cierto que no conozco muchos, pues ser vegetariana suele ser una limitación en ese sentido).

El caso es que el horario de comida allí es de doce a dos de la tarde, por lo que el único restaurante donde nos servían la sopa ya había cerrado la cocina a la hora que llegamos, aunque todavía faltaran veinte minutos para las 14:00. Así que fuimos de local en local en busca de la soupe à l’oignon, sin éxito y bajo la atónita mirada de los camareros cuando nos levantábamos de la mesa y nos íbamos. Acabamos comiendo en un mercadillo navideño donde una mujer suiza muy voluminosa y enérgica, como sacada de una postal de los Alpes, me sirvió un poco de pan con muuuucho queso fundido, y a mi madre una sopa de papas con máaaas queso fundido. También compramos una quiche en el mercado, ¡exquisita! Ni tan mal al final, aunque me quedé con las ganas de la sopa.

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Vista del casco antiguo de Albi desde el Palais de la Berbie

En fin. Volviendo a la ville rose: destaco de esta ciudad la zona del Capitole, en torno al cual se distribuye la zona más turística. Desde allí, transitando por unas callejuelas, se puede ir básicamente en todas direcciones: hacia el Pont Neuf y la zona universitaria en la rivera del Garona; las pintorescas plazas (Saint-Georges, Esquirol, o Wilson); o la Basílica de San Sernín. Todo se ve a pie sin problema, no hay nada que quede muy lejos del centro.

Lo que más, quizá, el Jardin Japonais, que no me parece recomendable. Es un parque como cualquier otro con la única diferencia de tener una casa flotante al estilo japonés en el centro; es preferible acercarse al jardín botánico, que tiene mayor variedad de especies de flora y fauna, además de un pequeño centro de exposiciones.

Gastronómicamente, su plato estrella es el cassoulet, una especie de cocido a base de alubias y costilla de cerdo, salchicha, tocino y pato confitado. No lo probé por razones obvias, ni tampoco me resulta nada apetecible, pero para gustos los colores. Sí que me gustó mucho un menú que probamos en un pequeño local, mitad bar mitad charcutería, en la Rue du Taur. Sirven una sopa de castaña y unas quiches deliciosas. No recuerdo el nombre, pero queda muy cerca de una crepería muy concurrida en la misma calle. Los crêpes y los gaufres también son, por supuesto, muy típicos.

En la época del año en la que fuimos, se notaba el ambiente navideño: iluminación, mercadillos, pequeños espectáculos, atracciones para niños… Sin embargo, ese espíritu festivo fue inexistente en Nochevieja. El 31 de diciembre, los tolosanos tienen tradición de quedarse en casa con familiares y amigos, por lo que todo estaba vacío. No encontramos ni un triste pub para tomar una copa y acabamos viendo las campanadas españolas en streaming y en pijama.

 

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Rue du Taur en Toulouse, cerca del Capitole

El día de año nuevo, partimos hacia Montpellier, que me resultó mucho más atractiva. Es una ciudad más al estilo de Lisboa, más humilde pero más auténtica. Como si los lugareños no hubiesen cedido sus calles al turismo. Los edificios, como sin pintar, me recordaron al Barrio Alto lisboeta. Hay tantos rincones y recovecos en los que adentrarse que en este caso creo que sí podría quedarme allí más de un finde.

Volvimos a encontrar mercadillos navideños, aunque ya estaban recogiendo todo rastro de Noel. Lo bueno de que en Francia acaben las Navidades antes es que las rebajas también empiezan antes y se puede encontrar alguna que otra oferta en prendas de calidad. Alguna que otra, porque en general todo es caro.

Podría decirse que el corazón de Montpellier es la Place de la Comédie. Desde allí nace la calle que conduce a sus dos principales quartiers: el Saint-Roch y el Sainte-Anne. Merece la pena darse una vuelta por allí y disfrutar del ambiente vivaracho del barrio. Otra zona para pasear es Peyrou, una explanada con vistas a la ciudad. A su alrededor está el acueducto, y muy cerca encontramos también el Arc de Triomphe, el Palais de Justice, el Jardin des Plantes y la catedral. En resumen, diría que es una ciudad acogedora y agradable, para callejear y conocer sin prisas.

¡Ah! Tuvimos la suerte de que, durante nuestra estancia, estaba la exposición “I am a man” en el Pavillon Populaire: dura, impactante, pero muy necesaria. Es un recorrido fotográfico a través de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en el sur Estados Unidos durante la década de 1960-1970. Se muestran fotografías del arresto de Rosa Parks o Martin Luther King, el asesinato y funeral de este último, las grandes marchas por la libertad y la dignidad, una anciana que consigue el derecho al voto después de toda una vida, el primer universitario negro en la Universidad de Mississippi, las brutales prácticas del Ku Klux Klan… Un golpe de realidad imprescindible.

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Calle del Quartier Saint Roch en Montpellier

Aprovechamos, también, la proximidad a la costa para conocer Palavas-les-Flots. Cogimos el tranvía y después fuimos a pie durante unos ocho kilómetros hacia el mar, lo que nos permitió ver algunos parajes como charcas con garzas y flamencos o un parque con circuitos dirigidos para deportistas. Me gusta ese espíritu saludable de Francia: que se fomente el deporte mediante espacios verdes o la alimentación ecológica mediante productos bio a precios asequibles.

Palavas es un pueblito costero y pesquero que se estructura a lo largo de un canal. Hay multitud de restaurantes donde se sirven las típicas moules frites: mejillones con papas fritas. Poco más: un faro, una iglesia y la playa. Está bien para pasar el día, pero quizá mejor en verano porque el agua era puro hielo y no apetecía precisamente tumbarse en la arena a tomar el “fisquito” de sol.

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Puerto de Palavas-les-Flots, punto neurálgico de la población francesa

Por último, cogimos una guagua e hicimos un viaje exprés a Marsella (Montpellier-Marsella-Montpellier en el mismo día): ocho horas en la ciudad costera que dieron para mucho. Recorrimos la zona del puerto, una sucesión de mástiles custodiados por Notre Dame, en lo alto de la montaña; visitamos la “basílica menor”, que es realmente impresionante; subimos por el barrio de Le Panier, con muchos comercios de pequeños artesanos, donde encontrar productos originales hechos a mano; y bajamos hacia la calle mayor, que se asemeja a la Gran Vía de Madrid. Creo que el tiempo estuvo bien aprovechado, aunque me hubiera gustado conocer Notre Dame y las maravillosas Calanques. Asignatura pendiente.

Tras un incidente con los chalecos amarillos, que tenían bloqueado todo el transporte, conseguimos cruzar Montpellier (cargando con las maletas), montarnos a un taxi que por milagro divino pasaba por allí, y llegar a tiempo -por los pelos- de coger la guagua a Barcelona. Y vuelta a España, a la rutina, a la realidad.

Oh là là… Je suis très fatiguée, mais je me suis bien amusée!! À bientôt!!!

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Puerto Viejo de Marsella
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