EL KINTSUGI Y LA RESILIENCIA.

Nunca me gustaron los finales. Por eso, los fines de año son tiempos complicados para mí. Es esa época de darte cuenta del paso del tiempo y sus cambios. Quién eras, quién eres, quién quieres ser… Los que vienen para quedarse, los que se van para no volver…

Siempre preferí pensar desde lejos. Supongo que a veces necesitamos tomar distancia con ciertos lugares y ciertas personas para darnos cuenta de lo importantes que son en nuestra vida. Quizá por eso tengo una necesidad vital de regresar siempre a mi isla y a mi gente. Pero también de irme. De viajar.

De conocer y conocerme. De descubrir y descubrirme. De partir y partirme. Porque la destrucción forma parte del proceso de reconstrucción. Es como ese arte japonés, el kintsugi, que consiste en reparar las piezas de cerámica rotas resaltando las grietas. Decorándolas, dedicándoles la atención y admiración que requieren.

Creo en la belleza de la imperfección, en que las cicatrices esconden historias que merecen ser contadas. Por ejemplo: la pequeña mancha de mi pierna izquierda es una herencia genética de mi madre. Conozco cicatrices que son recuerdos de una finca ecuatorial, de la felicidad de la infancia, de locuras inolvidables…

Guardo sobre mi piel esas marcas como quien custodia un tesoro, y en mi mente mapas de tantas ciudades, mares, barrancos… Demasiados como para no acabar perdiéndome. Y me asusta. Y a la vez me encanta. He aprendido a amar el valor de la pérdida.

Porque hasta cuando nos perdemos, todavía somos capaces de inventar nuevas coordenadas, nuevos rumbos. Sé que siempre se llega a alguna parte si se camina lo suficiente. Que se hace camino al andar.

Así que mírate al espejo, toma aire, suelta amarras y da el primer paso, aunque marcharse sea el camino más doloroso. Quienes merezcan la alegría, marcharán contigo; quienes no, seguirán sin ti, aunque eso te mate de pena.

“Duele más un desamigo que un desamor”, cantaba alguien. Y nadie habla de ello. Hay tantos poemas, canciones, lienzos, que narran la tragedia de una ruptura amorosa; y, en cambio, casi nadie habla de los corazones rotos cuando se pierde una amistad.

Pero quiero creer que, incluso al rompernos, queda la posibilidad de recoger nuestros pedazos y encajarlos como queramos, pintar las grietas con los colores más vivos, crear una obra de arte. Decir: “aquí morí, nací, crecí”. Saber que eres más fuerte que la caída.

Como aquellas piezas japonesas que aprendieron a amarse a sí mismas.

kintsugi

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