SOL DE INVIERNO.

Abuelo, te encuentro en las esquinas de mi memoria. Hoy es tu cumpleaños y también el día de reyes. Regálame un paseo juntos por “la ciudad de los adelantados”, como solías llamarla. Vendrás con tu boina y tu gabardina, y ese andar nervioso tan tuyo. Las calles se alegrarán de volver a verte, las campanas de la torre estallarán en vítores y sonará la música a tu paso. Elígela tú. Creo recordar que te gustaba Gardel. A veces, en tu casa, sonaban tangos.

Ahora solo hay silencio. Pero déjame romperlo para decirte que aquí te echamos de menos. Que me duele la nostalgia en la mirada de tu hija. Que fuiste muy importante en nuestras vidas. Que ojalá sea cierto y me hayas visto una última vez antes de cerrar los ojos. Y que sepas por los míos cuánto te quería aunque no te lo dijera.

Yo también lo sé. No hace falta que lo digas. Sé que nunca fuiste muy hablador. Y sin embargo todavía se te escucha. A veces te oigo en sueños. Es una fotografía que toma vida: las palabras de un gran hombre a su nieta. Una niña que ríe en tu regazo. Agradezco tu voz como el sol en invierno. No quisiera olvidarla nunca.

Abuelo, no sé ni cómo empezar a llenar los vacíos que nacieron cuando tú moriste. Cómo ver el vaso medio lleno en vez de ahogarse en él. Cómo sacar a mamá a flote cuando se sumerge en el pozo turbio de la ausencia. Cómo hacernos a la idea de que de repente ya no existes. Ojalá pudieras cumplirte como un deseo soplado a las velas.

magia

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