LA KENOPSIA Y EL DESEQUILIBRIO.

Hay personas con espíritu navideño a las que les encantan estas fiestas y esperan con ansias el momento de colocar el árbol de Navidad, o hasta el belén, de pasear por las calles iluminadas, de preparar recetas para comidas en familia, de gastar para gustar… Y después estoy yo. Que solo veo hipocresía en las celebraciones navideñas. Que creo que tiene razón Melendi cuando canta que “la Navidad la ha inventao el Corte Inglés”. Que siento demasiado la tristeza de las personas que faltan a la mesa. Que solo quiero huir de tanto paripé.

Quizá es porque son fiestas con reminiscencias cristianas y yo nunca suelo estar muy católica, la misa del domingo no casa bien con el sábado noche. Además siempre preferí la cultura al culto, por eso encuentro el paraíso en un buen libro, en una película basada en hechos reales, y no en mundos divinos. Que no sé si existe el más allá, pero sé que a muchos se les llena la boca con la palabra caridad mientras en el aquí y el ahora muchos otros solamente tienen estómagos vacíos. Ojalá los donativos comprasen de verdad el pan nuestro de cada día y no el pan de oro de las iglesias.

Pero incluso siendo fiestas de origen religioso, se cometen pecados impunemente: tanta gula, tanta avaricia… Tantos banquetes con tantos animales muertos encima de la mesa o en las cestas de la empresa: todo tipo de carnes, embutidos, mariscos… Derroche que acaba en desecho, desperdicio, desdén. Desdén por otras especies desdichadas. Y no solo eso. Gasto compulsivo porque nunca es suficiente, porque el capitalismo jamás deja de crearte necesidades, de venderte una mala vida que debes completar con bienes materiales. Y tú vas y lo compras.

Somos como borregos en rebaño, viviendo una vida socialmente aceptable. Comprando regalos como locos, muchas veces sin ganas, sin tiempo, sin humor. Pero después ponemos nuestra mejor cara en las redes sociales, ese escaparate del bienestar perpetuo donde construimos una imagen de nosotros mismos que no somos. Esa fachada que parece tan sólida, pero que puede derrumbarse en cualquier momento.  Una sonrisa perfecta que esconde demasiadas inseguridades. Como un producto que no era como en el anuncio y te decepciona. Es lo que pasa cuando construyes tu autoestima sobre los cimientos de los hashtags, los likes y los followers.

Estamos perdiendo el rumbo. Obsesionados con una meta de vida que quizá ni siquiera es la nuestra. Y sin embargo construimos nuestra trayectoria vital en torno a esa meta. Entrar en una universidad a una carrera con salidas, para salir al mundo laboral e insertarte en la rutina del trabajo, creer que desconectas durante un mes al año, creer que al final de todo eso encontraremos -como por arte de magia- la felicidad.

No sé. Ya no creo en la magia. Ahora prefiero crear que creer. Crear mi propio espacio donde orbitar. Fuera de todo eso. De tener que tener que buscarte la vida a los veinte y decidir de repente tu futuro. De la crisis de los treinta porque debes casarte, tener hijos, un coche, una hipoteca. O la famosa crisis de los cuarenta, la de los siete años en pareja, la crisis económica, la de valores…

Cuando la mitad del planeta muere de sobrepeso y la otra de desnutrición. Cuando el Mediterráneo es una tumba llena y Europa un pecho vacío, sin corazón. Cuando los políticos campan a sus anchas con los bolsillos llenos y la cabeza hueca.

Una imagen que vale más que mil palabras. Una cama vacía bajo el techo de la tienda de una multinacional y, justo al otro lado, personas sin techo llenando las aceras porque tienen que dormir a la intemperie. Colchones vacíos y gente durmiendo en la calle.

En fin. Me he ido por las ramas, como siempre. No se me da bien permanecer en un mismo lugar, ni siquiera cuando se trata de mis raíces. Pero quería expresar algo así. Incluso hay una palabra para esa sensación de la que escribo. Kenopsia: “la inquietante atmósfera, de un lugar vacío que normalmente esta lleno de gente, pero que permanece abandonado y tranquilo”. 

Supongo que es eso: un hogar vacío, una silla vacía, un regalo vacío. Supongo que las Navidades son unas coordenadas de espacio-tiempo que me llenan y me vacían, y no logro inclinar la balanza hacia ninguno de los lados. Supongo que esto es solo otro pésimo balance de fin de año sobre la misma sociedad desequilibrada.

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