DESCALZARSE.

Alguien me pidió consejo una vez sobre cuestiones amorosas, concretamente, sobre dar el paso de iniciar una relación con otra persona: ¿sí o no? No supe muy bien qué decirle, porque era una decisión que implicaba mucho y había demasiados factores: historias del pasado, circunstancias del presente, dudas respecto al futuro…

Sin embargo, me puse a pensar en ella: su valentía, su energía, su vitalidad. Una mujer fuerte e independiente donde las halla, que quizá no sea capaz de hallar su lugar entre las coordenadas de otra vida. Porque amar, al fin y al cabo, es compartir la vida, y todo lo que eso implica…

A raíz de aquello, me surgió una hipótesis al respecto de las implicaciones y las complicaciones del amor: la teoría del calzado.

Imagina que vas andando por la calle y que de repente algo te llama la atención desde un escaparate: son los zapatos más bonitos que has visto nunca. Qué diseño, qué elegancia, qué detalles… Así que te paras en seco. Te paras a pensar en lo preciosos que son, en lo bien que te quedarían, en que tienen que ser tuyos.

Este es el punto iniciático de mi teoría: la atracción o, a veces, incluso, el enamoramiento. Nos sentimos atraídos por una apariencia, una imagen que recibimos, pero que suele ser nuestra propia proyección, sobre el otro, de nuestros anhelos. No vemos a la persona como realmente es, sino como querríamos que fuera. Idealización.

Así que, con esa idea en la mente, procedemos a adquirir el producto. Y aquí pueden suceder varias cosas: por ejemplo, que el precio que haya que pagar sea demasiado elevado y tengamos que renunciar a él; o puede ser, quizá, que de entrada resulte tan barato que pensemos que es de baja calidad y que a la larga acabará saliendo caro.

Es la fase en la que vemos que estamos siendo arrastrados sin remedio y nos asustamos. Nos cruza por la cabeza la pregunta de si vale la pena, la duda sobre si la atracción es recíproca, el miedo a que el amor no sea correspondido. Para salir de dudas, comienzan el intercambio de señales, indirectas, y muchas veces malentendidos. Qué estoy haciendo, qué quiero, qué quiere… No quiere nada serio conmigo porque va demasiado rápido… No tiene interés porque no toma la iniciativa… No estoy preparada ahora mismo… No me siento segura… No sé…

Tras darle muchas vueltas, por fin elegimos nuestros zapatos de ensueño. Entramos en la tienda con paso triunfal y decidido. Y señalamos la obra de arte: la quiero para mí, por favor, ¡gracias! Pero resulta que se trata de un modelo exclusivo, y eso tiene su lado bueno y su lado malo. El bueno es que son auténticos, no cualquier imitación. El malo es que es talla única. No podemos elegirla, vamos a ciegas.

Podemos tener la mejor o la peor de las suertes. A esto último se le llama desengaño, desamor; a lo primero, destino, casualidad. El momento previo a saber hacia qué lado se inclina la balanza es la etapa de los nervios. Nos probamos los zapatos y…

Escenario uno: los zapatos nos quedan grandes. Nuestros pies no se adaptan a su forma aunque nos atemos bien fuerte los cordones o intentemos añadir algún relleno. No es algo natural. Por más que lo intentemos, el hueco es insalvable. Estaremos destinados al tropiezo, a la caída.

Así que es mejor dejar los zapatos donde estaban antes de sufrir un accidente. Ellos no se merecen deformarse por nuestra culpa ni nosotros, tampoco, doblarnos los tobillos en un inútil intento por encajar y arrastrar eternamente un esguince mal curado.

Escenario dos: los zapatos son perfectos. Parece que están hechos a medida. Encajan a la perfección y son comodísimos. Con ellos puestos, flotamos, levitamos, casi volamos. Sentimos que podríamos andar toda la vida sobre ellos, que serán muy resistentes y nos llevarán muy lejos.

A veces, eso ocurre. Otras veces, hay desgaste o cansancio: el paso del tiempo rompe los materiales que parecían indestructibles, o simplemente nos cansamos y lo vemos todo con otros ojos. Ya no son esos zapatos de ensueño de los que nos enamoramos.

Escenario tres: los zapatos nos aprietan. Tras esforzarnos e incluso forzarlo, nos damos cuenta de que no nos entra el pie. Insistir en ello solo nos causa rozaduras, heridas, dolor. Sencillamente, no están hechos para nosotros. Nos van pequeños y nos impiden caminar. Solo nos generan molestias.

Entonces, es preferible renunciar a ellos para evitar un sufrimiento innecesario. Por mucho que nos guste algo o alguien, en ocasiones no funciona, hay parejas que son incompatibles, y hay que aceptarlo antes de que la vana insistencia nos destruya. No deberíamos dejar que nada ni nadie nos cambie ni tratar de ajustarnos a moldes ajenos.

Creo que este tercer escenario era el caso de mi amiga: a él, ella le iba demasiado grande. Demasiada mujer para tan poco hombre. Un alma libre con muchos horizontes radiantes por descubrir como para desperdiciar su tiempo atada a una sombra.

¿Cuál es la moraleja de este cuento? Pues supongo que viene a decir algo así como que lo de encontrar la horma del zapato suele ser igual de quimérico e irreal que lo de la media naranja o la pieza perfecta del puzzle.

Somos autosuficientes. Nos bastamos y nos sobramos por nosotras mismas. No estamos incompletas. No necesitamos un par de zapatos. Deberíamos saber andar descalzas y recordar siempre la inmensa libertad de unos pies desnudos.

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