MADIKIZELA.

Winnie no es Mandela. Winnie era Nabandle Nomzamo Winfreda Madikizela. Winnie era Madikizela. Una mujer fuerte, independiente, luchadora, valiente, a quien no le gustaba ser definida en relación a su ex marido. Porque, como ella misma cuenta en la película “Winnie”, quedó anulada completamente por él, pasó a ser “la mujer de Nelson Mandela”.

Aquí una breve historia de su vida:

Nacida en 1936 como Nabandle Nomzamo Winfreda Madikizela, su madre muere cuando ella apenas tenía nueve años. Este trágico hecho supone una ruptura familiar, ya que diferentes parientes se hicieron cargo de sus seis hermanas y de su hermano.

Estudiante de trabajo social y relaciones internacionales, se convirtió en la primera trabajadora social negra del Hospital Baragwanath en Soweto.

Conoció a Nelson Mandela en 1956, en una parada de autobús, y se casó con él dos años más tarde. En 1963, encarcelaron a su marido y fue obligada a abandonar Johannesburgo. De ahí en adelante, trataron por todos los medios mantenerla aislada del resto de la gente y de los medios de comunicación.

Pero ella rechazó esa jaula y fue ganando influencia hasta convertirse en un símbolo de la lucha contra el apartheid, además de pertenecer a la Liga Femenina del Congreso Nacional Africano y estar fuertemente vinculada al Mandela United Football Club.

Acabó siendo víctima de varios escándalos a causa de este grupo juvenil, que era acusado de llevar a cabo secuestros, torturas y matanzas. Por ello, se vio involucrada en diversos escándalos que la fueron marginando del CNA.

Fue nombrada Ministra de Arte, Cultura, Ciencia y Tecnología del primer gobierno multirracial encabezado por su marido en 1994. Sin embargo, un año más tarde fue apartada del gobierno y, al siguiente, se divorció de Madiba.

Falleció el 2 de abril de 2018, con 81 años, como consecuencia de “una larga enfermedad”.

Y ya está. Punto y final. Es una historia tan breve porque el protagonismo siempre se lo llevó Nelson. Siempre se recuerda a Nelson Mandela, pero casi nunca a Winnie Madikizela. Basta con comparar la profusa cantidad de material cinematográfico, editorial, documental, etcétera, que hay de él; en un impactante contraste con las escasas películas, libros, documentales, etcétera, que existen sobre ella.

Parece que apenas se recuerda su lucha, si acaso últimamente algo más debido a su reciente fallecimiento. Pero quienes la conozcan, sabrán que Madiba no hubiera sido quien fue sin Madikizela.

Madiba, que durante su estancia en prisión se enteraba de lo que pasaba en el mundo exterior gracias a ella. De hecho, tras su primer discurso como hombre libre, Mandela no encontraba sus gafas y utilizó las de Winnie para leerlo, símbolo muy gráfico de la realidad: que él veía el mundo con los ojos de ella, quien le cogió de la mano nada más salir de la cárcel aquel 11 de febrero de 1990, quien le acompañó siempre en el camino hacia una nueva Sudáfrica.

Madikizela, que mantuvo la lucha de él siempre viva, que alzó la voz por él,  pasara lo que pasara, a pesar de todas las adversidades que se le presentaron. De hecho, se llevó a cabo una caza de brujas en toda regla contra Winnie: arrestos, detenciones, encarcelaciones, exilios forzosos, e incluso la acusación del asesinato de Stompie Seipei. Una mujer con hambre de poder resultaba peligrosa, así que había que cerrarle la boca y anularla como fuera.

Madiba y Madikizela, que eran tan poderosos juntos que trataron de separarlos hasta que lo consiguieron, en 1992. Pintadas en los muros de los guetos y ciudades pedían ahorcar a Winnie, la demonizaban por defender la toma de armas contra el gobierno violento del apartheid, incluso el ex arzobispo anglicano sudafricano Desmond Tutu llegó a pedirle que se disculpara por su comportamiento. Pero ella se negó a humillarse así, a disculparse por perseguir sus ideales.

Es algo que aplaudo. Porque si se trata de pedir perdón, los primeros en hacerlo deberían ser los blancos que durante siglos se dedicaron a someter gentes bajo su dominación colonial. Pero todavía, a día de hoy, no hay ningún perdón público, ninguna reparación por los inmensos daños materiales y, sobre todo, inmateriales.

Si se trata de pedir perdón, también debió hacerlo su propio compañero de vida. Porque Nelson acusó a Winnie de adulterio y rompió así un matrimonio de 38 años. Porque durante su toma de posesión, algo por lo que ella llevaba también luchando la mayor parte de su existencia, él ni siquiera se dignó a asignarle un asiento honorífico. Porque jamás agradeció públicamente su apoyo, su entrega, su incondicional ayuda.

Me parece muy injusto que la señalara y la maltratara así. Me parece hipócrita que le exigiera fidelidad durante los veintisiete años que pasó en prisión, sabiendo que él mismo le había sido infiel a su anterior esposa en repetidas ocasiones, sabiendo todo lo que ella luchó por él, arriesgándose hasta extremos temerarios: quebrantando la ley, derribando muros, superando cada piedra que ponían en su camino, decidiendo siempre andar a su lado. ¿Acaso hay mayor fidelidad que esa?

Es cierto que tiene que ser durísimo, insoportable, pasar 27 años encarcelado. Pero al menos dentro de una cárcel se conocen los límites del peligro. Mandela sabía a lo que se enfrentaba en Robben Island, en Pollsmoor, en Verster; estaba preparado para ello, él mismo había llegado a decir que estaba dispuesto a morir si era necesario. Llevaba una vida inhumana entre cuatro paredes, entre rejas, pero nada podía pasarle allí dentro por lo que no hubiera pasado ya.

Sin embargo, Winnie estaba expuesta. Era ella quien tenía realmente la responsabilidad familiar (criar a sus hijas) y política (representar al CNA). Todo ello en un clima de inseguridad constante, sin saber lo que le iba a ocurrir, siendo presa de una prensa hostil y una intensa e incesante persecución.

Como ella misma afirmó en una entrevista: “Si yo no hubiera luchado, Mandela no habría existido, el mundo entero lo habría olvidado y habría muerto en la cárcel como querían quienes allí lo encerraron (…) Lo que hice deliberadamente fue mantener vivo el nombre de Mandela y sus compañeros de encierro. Para alimentar la lucha, tenía que exponerme a la violencia y brutalidad del apartheid”.

Gracias, Madikizela. Gracias, madre de la nación.  Gracias por exponerte, aunque no seas tú la cara visible de la Historia.

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